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Ana Esther Ceceña

De cómo se construye la esperanza

Suponga usted que no es verdad eso de que no hay alternativa posible. Suponga usted que la impunidad y el agravio no son el único futuro. Suponga usted que es posible que no se adelgace cada vez más la raquítica frontera que separa a la guerra de la paz. Suponga usted que algunos locos y románticos piensan que es posible otro mundo y otra vida.

Subcomandante Insurgente Marcos

Los movimientos sociales grandes y pequeños que han conformado la historia del mundo, de la humanidad, presentan una variedad enorme de acuerdo con su historicidad y su ubicación geográfica o espacial. Delimitados o posibilitados en cada caso por los conflictos y las utopías de su tiempo, por su manera de enfrentar la materialidad de su reproducción, por la representación imaginaria de su vida y de su entorno, de su sentido y de sus límites, estos movimientos son resultado de una acumulación de luchas o resistencias, aunque, cabe decir, no todas reaparecen o se expresan políticamente en ellos. Su capacidad para encontrar y subvertir en sus condiciones inmediatas los elementos generales de opresión, y para dibujar los puentes de identificación colectiva correspondientes a la dimensión y carácter de esa opresión, determina su pertinencia y las condiciones reales de su acercamiento a la utopía. Es decir, su capacidad para simbolizar la alternativa y la esperanza, para ofrecer caminos de construcción libertaria de significación universal y para instaurar una nueva ética social y política, reconocida y respetada por los más.

Hace ya casi cuatro años que fuimos confrontados por la voz de los sin voz de las montañas del sureste mexicano, que nos expulsó de los nichos o de los escondites en que nos iban colocando la cibernética, las realidades virtuales, la competencia, la individualización de la supervivencia y todos los mecanismos y fuerzas fragmentadores de una sociedad que niega en cada uno de sus actos la posibilidad de socializar. De una sociedad que excluye las relaciones sociales directas a través de una compleja red de mediaciones que, como el rey Midas, va convirtiendo en objeto todo lo que toca.

La frescura de un movimiento como el zapatista, que busca restablecer los significados a la vez que construye la posibilidad de subvertirlos y trascenderlos, no fue sólo una especie de insubordinación de nuestra propia naturaleza y contenido sino un resquebrajamiento de la imagen de nosotros mismos que el posmodernismo nos había ayudado a armar paciente pero implacablemente.

Si bien el EZLN se propuso inicialmente declarar la guerra al mal gobierno para poder acceder al simple reconocimiento de las comunidades que lo conforman como parte de la nación –y, consecuentemente, como merecedores de los derechos reconocidos en la Constitución–, el zapatismo es muchísimo más que un ejército, que una organización campesina, que un grupo étnico o un pueblo indígena, que un conjunto de mexicanos (con toda la carga nacionalista que generalmente se le atribuye al término). Quizá su ubicación en el extremo de la polaridad histórica generada por el capitalismo, y que los hizo objeto de explotación, discriminación, opresión y desprecio, todo al mismo tiempo, les permitió, o los obligó, a mirar hacia dentro de sí mismos, hacia la tierra que les recordaba su origen, hacia los montes que les recordaban su temporalidad y su fortaleza interna y hacia los astros que les abrían posibilidades infinitas de liberación.

Quizá esa misma ubicación social les hizo percibir las múltiples facetas del poder porque todas, de una manera o de otra, les negaron el derecho al ser. Quizá lo inalcanzable de sus satisfactores más elementales los hizo solidarios en su miseria y conscientes de la posibilidad de relacionarse más allá de los objetos, más allá de lo expropiado y expropiable.

Se pueden levantar muchas hipótesis de interpretación acerca de las causas más profundas de este nuevo zapatismo y de su oportunidad o pertinencia histórica. Si se trata del último movimiento revolucionario del siglo XX o del primero del siglo XXI, si constituye un movimiento posmoderno o es la respuesta articuladora que reconoce y valora las diferencias pero rescata también la comunalidad y las significaciones de orden general, si es un movimiento democratizador en el sentido convencional del término o si es un movimiento revolucionario. Una manera de avanzar en esta difícil búsqueda y en una teorización libre de dogmatismos que intente entender la propuesta zapatista y las razones de la inconformidad que causa, no sólo en los actuales depositarios del poder sino en fracciones importantes de la izquierda, consiste en explorar algunos de sus fundamentos éticopolíticos.

1. El lugar del poder dentro del discurso zapatista

Tal vez la nueva moral política se construya en un nuevo espacio que no sea la toma o la retención del poder, sino servirle de contrapeso y oposición que lo contenga y obligue a, por ejemplo, "mandar obedeciendo".
Por supuesto que el "mandar obedeciendo" no está entre los conceptos de la "ciencia política", y es despreciado por la moral de la "eficacia" que rige el actuar político que padecemos. Pero al final, enfrentada al juicio de la historia, la "eficacia" de la moral del cinismo y del "éxito" queda desnuda frente a sí misma. Al enfrentarse a su imagen en el espejo de sus "logros", el temor que inspiró a sus enemigos (que serán siempre los más) se vuelve contra ella misma.

Subcomandante Insurgente Marcos

El referente esencial de todos los movimientos revolucionarios conocidos hasta hoy es el problema del poder. El carácter de las relaciones de poder, su naturaleza, sus detentadores, sus víctimas. En una sociedad de clases, como ésta no ha dejado de ser a pesar de la transfiguración y diversificación del proletariado, el poder se convierte en elemento cohesionador.

La tradición leninista, presente en la mayor parte de las organizaciones de clase hasta ahora, puso el problema del poder en el lugar privilegiado. La estructura de dominación en la Rusia de los tiempos de Lenin seguramente contribuyó a desarrollar un pensamiento que antes que libertario buscaba la imposición de una nueva disciplina. Así, la cuestión del poder fue planteada no sólo con respecto al enemigo de clase o a su representación colectiva sino en confrontación también con lo que se consideró sectores atrasados dentro de las mismas clases dominadas. La verticalidad del desarrollo capitalista, que privilegia la objetivación a través de la producción industrial, no fue entendida como estrategia de apropiación o monopolización, sino como paradigma de la modernidad y del progreso, que a su vez conformaba el contexto histórico ineludible de la dictadura del proletariado.

La dificultad fue que el carácter excluyente interpuesto por la competencia fue trasladado a la esfera social. Un exacerbado determinismo económico impidió ver los procesos sociales y, de la misma manera como los procesos de trabajo eran subsumidos ontológicamente a la valorización del valor, los matices de las relaciones sociales se resumían linealmente en la contradicción trabajo asalariado capital. La visión autoritaria de la sociedad impuesta y practicada por el capital no fue subvertida. La cuestión era invertir los términos de la relación de poder. Frente a la dictadura de la burguesía, la dictadura del proletariado.

El poder no tenía que ser destruido sino conquistado. Es decir, la organización de la sociedad en términos de relaciones de poder no planteaba problema; el verdadero problema eran los depositarios del poder: la burguesía o el proletariado.

Esto llevó a reproducir, guardando las proporciones, esquemas de dominación burgueses en las organizaciones obreras. La toma del poder se convirtió en el equivalente de la valorización del valor, y el conjunto de iniciativas, inquietudes, inconformidades y relaciones quedó subsumido en ese objetivo primordial. La revolución se redujo a un acontecimiento, no a un proceso, y todas las reivindicaciones particulares o la confrontación de ideas se convirtieron en pliego petitorio, es decir, perdieron toda su fuerza creativa, dejaron de ser movimiento.

Aunque no es el espacio para efectuar un balance de las experiencias acumuladas a lo largo de este siglo, porque esto requeriría un análisis histórico que permitiera ubicarlas en sus justos términos, sí es posible entender, a la luz de sus resultados prácticos, la importancia de la desmitificación de la toma del poder comprendida en el planteamiento zapatista.

La lucha por el poder forma parte de ese mundo contra el que los zapatistas combaten, y su concepción, por eso, no puede restringirse a buscar la expropiación del poder de manos de sus enemigos de clase, sino que cuestiona la existencia de un mundo organizado sobre la base de relaciones de poder. La democracia, una de las demandas centrales del zapatismo, es, de acuerdo con el contenido profundo que le asignan, la negación misma de las relaciones de poder. Por eso la construcción del mundo nuevo del que ellos hablan supone un nuevo proyecto civilizatorio y no una modalidad, menos salvaje o agresiva, del actual. Por eso también el zapatismo entra en conflicto no solamente con las clases dominantes actuales y sus estructuras de poder, sino con la figura de clase dominante y con la idea de dominación.

A partir de esta manera original de plantearse el camino para subvertir el "orden establecido", con fundamento en su determinación de crear un mundo nuevo en vez de transformar el actual, se plantean dos tipos de problemas. Por un lado está toda la discusión en torno al enfrentamiento exitoso con los grandes poderes no sólo en el plano político o ideológico sino, principalmente, en el económico. Por otro lado se encuentra la complicada relación del zapatismo con un gran espectro de organizaciones que durante años han luchado por la toma del poder como camino para revertir la dominación del capital.

En palabras del EZLN, en un comunicado reciente a propósito de la lucha electoral, se vuelve a fijar claramente su posición con respecto a estos dos puntos:

... el "centro" nos pide, nos exige, una firma pronta de la paz y una rápida conversión en fuerza política "institucional", es decir, convertirnos en una parte más de la maquinaria del Poder. A ellos nosotros les respondemos "NO" y no lo entienden. No comprenden el que nosotros no estemos de acuerdo con esas ideas. No entienden que no queramos cargos o posiciones en el gobierno. No entienden que nosotros luchamos no porque las escaleras se barran de arriba para abajo, sino para que no haya escaleras, para que no haya reino alguno. No entienden que no queremos una paz que sólo significa renombrar la esclavitud y la miseria, otra forma menos fuerte de decir "muerte". No entienden que la paz que pregonan, la paz de los de arriba, es sólo garantía para el poderoso y condena para los de abajo.1

2. Sobre el enfrentamiento con el capital

 

Por miles de caminos se desangra Chiapas: por oleoductos y gasoductos, por tendidos eléctricos, por vagones de ferrocarril, por cuentas bancarias, por camiones y camionetas, por barcos y aviones, por veredas clandestinas, caminos de terracería, brechas y picadas; esta tierra sigue pagando su tributo a los imperios: petróleo, energía eléctrica, ganado, dinero, café, plátano, miel, maíz, cacao, tabaco, azúcar, soya, sorgo, melón, mamey, mango, tamarindo y aguacate, y sangre chiapaneca fluye por los mil y un colmillos del saqueo clavados en la garganta del sureste mexicano. Materias primas, miles de millones de toneladas que fluyen a los puertos mexicanos, a las centrales ferroviarias, aéreas y camioneras, con caminos diversos: Estados Unidos, Canadá, Holanda, Alemania, Italia, Japón; pero con el mismo destino: el imperio.

Subcomandante Insurgente Marcos

Éste es uno de los campos de más difícil ubicación dentro del discurso zapatista, sobre todo a partir de la confrontación entre el estilo particular y novedoso que adoptan todos los planteamientos del EZLN y del Subcomandante Insurgente Marcos, y las delimitaciones conceptuales y políticas establecidas tradicionalmente en la discusión. A lo largo de los casi cuatro años que dura ya la rebelión zapatista, se puede encontrar una variedad de referencias en todos los comunicados producidos por este movimiento, sin embargo, los documentos más explícitos al respecto son la Declaración de la Selva Lacandona y las leyes revolucionarias emitidas por el CCRI-CG y contenidas en El Despertador Mexicano,2 "Chiapas: el Sureste en dos vientos, una tormenta y una profecía" del Subcomandante Insurgente Marcos y, de la misma autoría, "7 piezas sueltas del rompecabezas mundial".3

Del análisis que se hace en estos documentos se desprende la convicción de que la miseria en un entorno de abundancia y riqueza es inmanente al capitalismo y se propone al socialismo (en su acepción más libertaria) como alternativa.4 En México, visto desde la perspectiva del sureste, el capitalismo se expresa mediante la succión de recursos perpetrada por el capital extranjero, la sumisión de la población a una explotación salvaje combinada con distintas formas de racismo y una dictadura que dura ya setenta años y que en los últimos se ha caracterizado por gobiernos vendepatrias5 que representarían mucho más los intereses del gran capital, fundamentalmente extranjero, que los de la nación o sociedad mexicana. Es decir, la propuesta zapatista parte de un reconocimiento de la dimensión planetaria del dominio capitalista, al tiempo que señala sus especificidades y la manera particular como este dominio se expresa en los distintos contextos histórico espaciales. La polaridad del desarrollo, la acumulación simbiótica de riqueza y miseria que delineará la geografía y la sociedad mundiales, es considerada como la primera pieza del rompecabezas mundial.6

En el discurso zapatista la referencia a la división internacional del trabajo aparece bajo la imagen del saqueo de las riquezas naturales y la condena de una buena parte de la población mexicana a condiciones de vida que significan una violación de los derechos humanos más elementales.7 La polaridad del desarrollo capitalista, facilitada por la articulación de intereses entre fracciones externas y locales de la clase dominante y por la acción de un gobierno que, desde su perspectiva, no responde a los intereses y necesidades de la nación, sino a los del gran capital como ya mencionábamos, ha conducido a la pérdida de soberanía y al peligro de desmantelamiento del territorio y la cultura nacionales.8

Rompiendo con la linealidad con la que ha sido tradicionalmente analizada la relación capital-trabajo,9 que ha resultado inadecuada para afrontar la diversificación de formas y niveles de explotación en la complejidad capitalista y mundial contemporáneas –pero sin desconocerla como sería el caso del posmodernismo–, avanza hacia las expresiones de la dominación social capitalista en el terreno inmediato y cotidiano. Se incorporan así al análisis las condiciones materiales y sociales de la región, que constituyen el puente entre la problemática local y general de la división internacional del trabajo, construida de acuerdo con los requerimientos y característica del proceso de valorización en cada momento determinado. Los zapatistas se rebelan contra ese capitalismo mundial, que identifican, al parecer tácticamente, como neoliberalismo,10 pero lo hacen desde su realidad cotidiana que arrastra ya una larga historia, que mira hacia un futuro de esperanza y no acepta el presente como única posibilidad, y que no se reduce a la relación estrictamente económica, sino a un abigarrado complejo de relaciones sociales. Y es justamente el reconocimiento de la dimensión general en el devenir cotidiano y local lo que da al zapatismo esa perspectiva universal que ha atraído a luchadores, militantes, intelectuales y ciudadanos de muchas partes del mundo para conocer y discutir con los sublevados del sureste de México.

La dominación que ejerce el capital asume diferentes modalidades a lo largo de la historia. Los instrumentos de ese dominio se modifican con el desarrollo de las fuerzas productivas que van abriendo nuevas posibilidades de apropiación de la naturaleza, de sometimiento social al proceso de valorización, de representación simbólica, y que, aunque amplían los canales de comunicación y acortan las distancias, aumentan las mediaciones entre el hombre y su realidad y polarizan las condiciones de reproducción de la totalidad mundial.

Teniendo en cuenta la manera específica como se han desarrollado las fuerzas productivas, los nuevos campos de investigación abiertos por la tecnología electroinformática, la dimensión de los procesos productivos y la velocidad con la cual consumen las riquezas naturales, y considerando la contradictoriedad y desigualdad en la relación entre México y Estados Unidos cualquier reflexión sobre el capitalismo mundial formulada desde el territorio mexicano está obligada a partir de la polaridad mundial como una de las explicaciones esenciales de la construcción de la materialidad específica del proceso general de reproducción y de los espacios hegemónicos del poder y de la dominación del capital.

La competencia por la hegemonía económica se juega, una vez más, sobre la base del control y disponibilidad de los recursos mundiales, particularmente de aquellos que resultan estratégicos para garantizar y determinar el proceso general de reproducción. Es decir, depende, entre otras cosas, de la capacidad para apropiarse o acaparar recursos en todos los territorios del mundo, especialmente cuando se trata de no renovables y esenciales como el petróleo, los minerales metálicos y la biodiversidad.11 Como respuesta a la intensificación de la competencia en el campo tecnológico, el capital estadounidense, sea que asuma su forma directa de representación (la empresa) o su representatividad socialmente mediada (el estado o incluso algunos organismos internacionales), ha emprendido una gigantesca y avasalladora cruzada de reconstrucción de sus condiciones materiales y de los mecanismos de su gestión, de destrucción u omisión de las de los competidores, y de readecuación de sus relaciones de dominación sobre los territorios y los pueblos a los que ya ni siquiera se les da la oportunidad de competir.

Ningún análisis del capitalismo contemporáneo y de sus relaciones de dominación y competencia puede desconocer la conformación contradictoria, polarizada, de la totalidad mundial organizada en torno a la producción del valor ni, por supuesto, la heterogeneidad estructural, la concentración de fuerzas militares12 y económicas y la capacidad desestructuradora del gran capital sobre las formas organizativas o el modo de utilización de los recursos mundiales que no responde a sus designios. Ni siquiera los análisis que privilegian sus niveles de representación más abstractos siguiendo su devenir en las esferas monetaria y financiera. Si a esto se le llama relaciones de dependencia,13 subdesarrollo o de alguna otra manera, no se modifica el lugar privilegiado que juegan estas relaciones en la determinación de las condiciones y alcances de la competencia y, lo que está más allá, de la naturaleza intrínseca y la capacidad del capital para mantener y desarrollar la sociedad sobre estas bases.14

La recomposición de la hegemonía estadounidense, que de múltiples maneras se sustenta en la capacidad para utilizar el territorio mexicano y sus recursos, es recogida por el zapatismo como punto de partida de su proyecto en contra del capitalismo en virtud de que es el espacio que marca los contenidos y formas de la apropiación y articulación del proceso general de reproducción.15 Y cuando los zapatistas privilegian el espacio hegemónico del capital en sus relaciones con el resto del mundo están también privilegiando el espacio más radical o revolucionario de la resistencia. Están buscando los niveles de definición esencial para iniciar su proceso de deconstrucción desde la raíz, desde el núcleo esencial en que se sustenta la sociedad actual y que se manifiesta en una construcción social compleja y diversa, que aunque contradictoria y cambiante, contiene una lógica interna que es necesario desmontar.

La memoria histórica de los zapatistas es la base de su radicalidad. Las referencias a formas de organización social distintas a la que ha impuesto el capital les da la posibilidad de pensar en la historicidad de los procesos y, consecuentemente, en su perennidad. Es ésta una de las grandes aportaciones que provienen de la cultura ancestral de las comunidades indígenas y es lo que les da la determinación de construir un mundo nuevo deconstruyendo el mundo del capital.

Es decir, es la construcción de la utopía lo que, simultáneamente, corroe los fundamentos y la lógica de la polaridad, la explotación, el sometimiento y las relaciones de poder vigentes. Es la clase,16 el pueblo o la sociedad civil convertida en sujeto la que irá poniendo límites y la que irá desarticulando las bases del poder capitalista.

¿Podrá, a partir del zapatismo, ser construida una utopía lo bastante vigorosa como para romper o desmontar las redes de dominación del capital?

3. Sobre la construcción de la utopía colectiva

  • ... no queremos ni podemos ocupar el lugar que algunos esperan que ocupemos, el lugar del que emanen todas las opiniones, todas las rutas, todas las respuestas, todas las verdades, no lo vamos a hacer.

    Subcomandante Insurgente Marcos

  • En el discurso y la práctica zapatistas, la lucha contra el neoliberalismo sólo es posible mediante una acción mundial, compartida por todos los excluidos, discriminados o explotados, puesto que nos encontramos ante el fenómeno de "explotación total de la totalidad del mundo".17 Es decir, la explotación abarca no sólo todo el espacio mundial sino también todos sus ámbitos.

    La explotación, que es la base de la insubordinación contra el neoliberalismo, está planteada en un nivel de generalidad que permite comprender en la categoría de explotados lo mismo al "negro en Sudáfrica, al homosexual en San Francisco, al asiático en Europa, al chicano en California, al anarquista en España, al palestino en Israel, al judío en Alemania, al ombudsman en el Ministerio de la Defensa, a la feminista en un partido político, al pacifista en Bosnia, al Mapuche en los Andes, al artista sin galería de arte, al ama de casa un sábado por la noche, al huelguista de un sindicato oficial, a la mujer sola en el metro a las diez de la noche, al jubilado, al campesino sin tierra, al editor marginal, al obrero desempleado, al disidente del neoliberalismo, al escritor sin libros ni lectores, [que] al zapatista en las montañas del Sureste mexicano". Los explotados, en este nivel de generalidad, abarcarían tanto al trabajo, es decir, al directamente involucrado en las actividades productivas desde el punto de vista capitalista por supuesto, a su familia y a todos los que, siendo prescindibles o imprescindibles para garantizar la reproducción global, no son considerados productivos (el ejército industrial de reserva marxiano adquiere aquí su verdadera dimensión).

    Asimismo, esta explotación total de la totalidad hace referencia a la manera como se establecen las prioridades y jerarquías o como se expresan la hegemonía y la dominación económicas en el resto de las esferas de la vida social: la organización de la familia, de la comunidad, del pensamiento, de las relaciones políticas, de la alimentación, etcétera, tratando por todos los medios de someterlas o adecuarlas a sus necesidades y ritmos.

    La diversificación de los procesos productivos es observada aquí a través del espectro de aquéllos a quienes en ocasiones se aludirá como excluidos y en otras como explotados, pero que son la expresión viva de una polaridad que, en la medida en que concentra crecientemente el poder, deja fuera de él a una porción cada vez más amplia y diversa de la población, al tiempo que, mediante la multiplicación de instrumentos y espacios de mediación social provoca un desdibujamiento de las relaciones de explotación.

    No obstante, esta convocatoria a los explotados como excluidos no es casual. Siguiendo la línea de deconstrucción de las relaciones de poder para así generar una nueva modalidad de relación entre los seres humanos en la que ellos mismos tengan cabida, su invocación a los excluidos hace referencia también a las estructuras organizativas gremiales, de clase, o lo que se ha entendido como tales hasta hace poco tiempo. Desde esta perspectiva, la voz de los zapatistas está considerando a los excluidos de las estructuras de poder de las organizaciones de izquierda, es decir, incorpora un cuestionamiento profundo al autoritarismo en todas sus modalidades18 y propone como alternativa la democracia participativa, tal y como está siendo reconquistada por las comunidades indígenas que abrazan el proyecto zapatista.

    Así, su profunda convicción de que la alternativa no es barrer las escaleras de arriba para abajo, sino que no haya escaleras, es lo que los convierte en una alternativa atractiva para esa enorme masa de explotados que, simultáneamente, son condenados a la marginalidad por el ímpetu depredador del capital y por lo que podría llamarse la izquierda establecida.19

    Los zapatistas no reconocen liderazgos en abstracto, sino sólo aquellos que quedan bajo la figura de mandar obedeciendo. No hay vanguardias sino comunitarismo, no hay partido sino movimiento, la organización no es formal sino real, surgida de las necesidades y vivencias, de lo cotidiano y su relación con la concepción general del mundo y de la utopía.

    Los principios zapatistas expresados en sus frases mandar obedeciendo y preguntando caminamos los diferencian de muchas de las organizaciones existentes. No tienen un programa preconcebido, sino que ofrecen construirlo en la práctica democrática junto con todos los otros. Caminando al paso del más lento no hay riesgo de excluir ni de imponer verdades.

    Un movimiento capaz de regirse por tales criterios no puede aspirar a convertirse en vanguardia20 porque esto sería un contrasentido. Tampoco puede sacrificar el proceso de construcción en aras de la consecución de las grandes metas. La concepción de un mundo democrático donde la representatividad se rija por el principio de mandar obedeciendo y las funciones de representación no se constituyan en herramientas del poder parte de la resignificación de los valores sociales y constituye en sí la creación de una nueva utopía. Esto es, un movimiento de esta naturaleza tiene que sustentarse en la democracia, base sobre la cual puede sobrevivir frente a este capitalismo fragmentador y atomizador que hace del mercado el único validador social. La democracia participativa, deconstructora del autoritarismo y de las relaciones de poder, es la única posibilidad de establecer un comunitarismo universal capaz de derrotar al capitalismo neoliberal en el único espacio que no puede conquistar a través de la legalidad del mercado que constituye el espacio del sujeto colectivo21 y, por tanto, la negación del individuo objetivado.

    *************************

    1 Comunicado al pueblo de México y a los pueblos y gobiernos del mundo del 8 de agosto de 1998, La Jornada, 11-13 de agosto de 1997.

    2 EZLN. Documentos y comunicados, Era, México, 1994, pp. 33-48.

    3 El primero está publicado en ibid., pp. 49-66, y el segundo en Chiapas, n. 5, Era, México, 1997.

    4 "Pero cuando hay un momento de reposo, que los hay todavía, escuchan otra voz, no la que viene de arriba, sino la que trae el viento de abajo y que nace del corazón indígena de las montañas, la que les habla de justicia y libertad, la que les habla de socialismo, la que les habla de esperanza... la única esperanza de ese mundo terrenal." Subcomandante Insurgente Marcos, "Chiapas: el Sureste...", cit., p. 62.

    5 En la Declaración de la Selva Lacandona, su primer documento público, se dice: "llamamos a todos nuestros hermanos a que se sumen a este llamado como el único camino para no morir de hambre ante la ambición insaciable de una dictadura de más de setenta años encabezada por una camarilla de traidores que representan a los grupos más conservadores y vendepatrias". EZLN. Documentos y comunicados, cit., p. 33.

    6 "La una es la doble acumulación, de riqueza y de pobreza, en los dos polos de la sociedad mundial." Subcomandante Insurgente Marcos, "7 piezas sueltas del rompecabezas mundial (El neoliberalismo como rompecabezas: la inútil unidad mundial que fragmenta y destruye naciones)", cit.

    7 De aquí que sus demandas empiecen por reivindicar el derecho a la vida: alimentación, techo, salud, trabajo, tierra, y que entre las primeras órdenes que se dan a las fuerzas que conforman el EZLN en la Declaración de la Selva Lacandona está: "suspender el saqueo de nuestras riquezas naturales en los lugares controlados por el EZLN". EZLN. Documentos y comunicados, cit., p. 35.

    8 Con respecto a la concepción zapatista de la nación o lo nacional, John Holloway contribuye a despejar algunas de las inquietudes provocadas: "En el contexto del levantamiento, el término ‘liberación nacional’ implica más bien un movimiento hacia afuera y no un movimiento hacia adentro: ‘nacional’ en el sentido de ‘no sólo chiapaneco’ o ‘no sólo indígena’, más que en el sentido de ‘no extranjero’. ‘La nación’ se usa también en los comunicados zapatistas en el sentido menos definido de ‘patria’: el lugar donde nos tocó vivir, un lugar que hay que defender no solamente en contra de los imperialistas, sino también (y más directamente) en contra del estado. ‘Nación’ se contrapone a ‘estado’, de tal forma que la liberación nacional se puede entender incluso como la liberación de México del estado mexicano, o la defensa de México (u otro) contra el estado". "La revuelta de la dignidad", Chiapas, n. 5, cit.

    9 Un ejemplo puede encontrarse en el reciente artículo de Rossana Rossanda, "Le tesis del subcomandante", publicado en Il Manifiesto del 15 de agosto de 1997.

    10 Sobre el estatuto teórico del neoliberalismo hay una amplia bibliografía que refiere las posiciones de los distintos enfoques y disciplinas. El punto es importante para el análisis del movimiento zapatista en virtud del lugar que ocupa dentro de su justificación histórico política y en el diseño mismo de sus estrategias de lucha. A pesar del recurso a la palabra y a la resistencia como principales armas de lucha, a la construcción de los nuevos horizontes como objetivo superior al de destrucción o cambio de los actuales, y al énfasis en el proceso revolucionario más que en La Revolución, el discurso y práctica zapatistas han demostrado una radicalidad muy profunda que nada tiene que ver con el uso de las armas y sí mucho con la construcción de un nuevo proyecto civilizatorio que lleva a un cuestionamiento total del proyecto civilizatorio burgués. Así, es evidente su comprensión del neoliberalismo como modalidad vigente, sumamente salvaje y depredatoria, de un mundo organizado bajo la lógica de las relaciones capitalistas que no comienzan ni se agotan con ella. Para no extenderme innecesariamente sobre el punto, remito a mis artículos "Universalidad de la lucha zapatista. Algunas hipótesis", publicado en Chiapas, n. 2, México, Era, 1996, pp. 7-20, y "Neoliberalismo e insubordinación", publicado en Chiapas, n. 4, México, Era, 1997, pp. 33-42.

    11 Para una argumentación más detenida sobre la importancia de estos recursos, su relación con las capacidades tecnológicas y con las características concretas del proceso de acumulación y su lugar en la construcción de la hegemonía económica mundial véase Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda (coords.), Producción estratégica y hegemonía mundial, Siglo XXI, México, 1995. En lo que concierne al sureste mexicano se puede revisar nuestro artículo "Chiapas y sus recursos estratégicos", Chiapas, n. 1, Era, México, 1995.

    12 "Para Estados Unidos y sus aliados locales el proyecto de integración nunca ha sido concebido sólo en términos comerciales. Según el Pentágono, ‘democracia, desarrollo y seguridad regional van mano con mano’, porque es inconcebible que la expansión de capitales no sea acompañada con garantías militares". Francisco Pineda, "Vaciar el mar", p. 122 de este volumen.

    13 No es necesario recordar las sustanciales contribuciones de la teoría de la dependencia al estudio de las especificaciones del desarrollo del capitalismo en América Latina y la construcción de una totalidad contradictoria pero articulada a partir del mercado mundial. Destaca en este punto, por su rigor y creatividad, el trabajo de Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia, Era, México, varias ediciones.

    14 Por eso discrepamos profundamente con el análisis de Guillermo Almeyra en su artículo "Mundialización, democracia, socialismo" (Le Monde Diplomatique, edición mexicana, México, septiembre-octubre de 1997, p. 3). El empeño que pone Almeyra en convencernos de que la mundialización es progresista y que el problema es "la forma en que todo esto se hace bajo la férula del capital financiero internacional" nos remite a la contradicción entre quienes piensan que el problema no son las estructuras de poder sino sus detentadores y quienes piensan que para avanzar en la construcción de un mundo nuevo es necesario abrir espacios de participación y creación colectivas en que las estructuras de poder no sean disputadas o arrebatadas sino abolidas. La posición zapatista parece estar ubicada justamente en esta línea y nos propone romper con esa otra visión "maquiavélica" que remite a la toma del poder y, con ello, a la inversión de la imagen en el espejo. Véase carta del Subcomandante Insurgente Marcos a Carlos Monsiváis.

    15 La discusión acerca de la capacidad para determinar los rasgos esenciales del paradigma tecnológico, societal y de organización territorial desviaría la línea argumental de este trabajo. Remito a dos publicaciones sobre el punto: Producción estratégica y hegemonía mundial, cit., y La tecnología como instrumento de poder, El Caballito, México, 1998.

    16 Así se asentó en la Declaración de la Selva Lacandona, cit. En posteriores documentos se fue hablando del pueblo o de la sociedad civil sin efectuar ninguna precisión al respecto. Sin embargo, las alusiones a esta última parecen estarse refiriendo al nuevo contenido de la proletización. Los zapatistas abandonarían así los esquemas del pasado para recoger en su concepto de clase todas las modalidades a las que ha llevado el desarrollo tecnológico combinado con las condiciones generales y específicas de su conflictualidad social.

    17 Así es como se define la segunda pieza del rompecabezas mundial. Subcomandante Insurgente Marcos, "7 piezas sueltas...", cit.

    18 Uno de los aspectos sustanciales de este cuestionamiento es el referente a las relaciones de género, que ha sido recogido por Guiomar Rovira en Mujeres de maíz, Era, México, 1996.

    19 Véanse los artículos de Octavio Rodríguez Araujo, "Mi experiencia en Berlín", y de Guillermo Almeyra, "Zapatismo ornitorrinco", en La Jornada del 7 de agosto y del 7 de septiembre de 1997, respectivamente.

    20 "Nosotros no pretendemos ser la vanguardia histórica, una, única y verdadera. Nosotros no pretendemos aglutinar bajo nuestra bandera zapatista a todos los mexicanos honestos. Nosotros ofrecemos nuestra bandera. Pero hay una bandera más grande y poderosa bajo la cual podemos cobijarnos todos. La bandera de un movimiento nacional revolucionario donde cupieran las más diversas tendencias, los más diferentes pensamientos, las distintas formas de lucha, pero sólo existiera un anhelo y una meta: la libertad, la democracia y la justicia". EZLN. Documentos y comunicados, cit., p. 103.

    21 "Esta red intercontinental de resistencia no es una estructura organizativa, no tiene centro rector ni decisorio, no tiene mando central ni jerarquías. La red somos los todos que resistimos". Segunda Declaración de La Realidad por la humanidad y contra el neoliberalismo.

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